CRITICA “Los niños salvajes”: La edad domesticada

Un aire impostado se cobra toda la soltura y contundencia que podía haber tenido este triple enfoque de adolescencia contra las cuerdas. Más tópicos argumentales y visuales recurrentes en una cinta de sabor nada pasional ni novedoso.

“Los niños salvajes” (ver tráiler y escenas) se construye a partir de tres nombres sucesivos en pantalla: los de Àlex (Àlex Monner), Gabi (Albert Baró) y Laura (Marina Comas) —u Oki, su alias de firma grafitera—, aunque la estrategia de confesiones a cámara deposita casi todo su peso en los dos primeros, de un modo que adelanta fatalmente el supuesto suspense de la trama. Y ahí late la gran trampa de la película: Patricia Ferreira, directora de solvencia muy regular con tendencia a esconder la afectación tras paisajes desolados, intenta mostrarse tan feroz y subversiva como los niños protagonistas. Pero lo suyo, y lo de ese trío de adolescentes, es heroísmo de pega, un cinismo mordaz y una mirada pesimista que engaña al espectador durante gran parte del metraje con destellos de incandescente alegría.

A pesar de ello, la película no trasluce ninguna poesía ni reformula su escenario de partida; más bien se estanca en él, ofreciendo otro relato más como otros tantos vistos antes sobre jóvenes rebeldes —y trío nouvelle vague— que contemplan el ocaso con litronas en la mano, se meten en peleas, reciben sopapos de sus padres y cometen gamberradas con hip-hop de fondo. La solvencia visual de Ferreira es notable y se vehicula dentro de una nueva corriente de neorrealismo de barriada, a lo que contribuye enormemente la sinceridad de sus tres actores principales. Es la cáscara de esos tres niños tan pronto expresivos como entumecidos, cuyo melodramatismo termina extendiéndose a todos los demás aspectos de la historia y a una estructura arbitraria, sin ningún control y sin que esa locura parezca más pulso vital que un simple desmadre ridículo.

Los lugares comunes se amontonan en los diálogos y reacciones de los adultos, tanto o más toscos que sus hijos y alumnos, y se vislumbra ese psicologismo hueco que ya envolvía a “Verbo” (Eduardo Chapero-Jackson, 2011). Las reacciones insólitas terminan acumulándose y desvían el interés de temas familiares y sociales considerados tabúes: los malos tratos entre hermanos, las rencillas de sala de profesores, los niveles de sedición de un hijo díscolo. Pero la tremenda bomba que Ferreira desea soltar con un final efectista e imprevisible no es más que el ruido último de un montón de latas vacías; la firma en trazo grueso, hecho con spray, de un retrato que se pretendía de pincel fino. Medias tintas para un documento generacional que no alcanza el estatus de representar ni una edad determinante ni una época de descontento.

Calificación: 4/10

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~ por estrenosdecine en 31 de mayo de 2012.

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